Eulalia baja la voz, mira desconfiada, unas visitantes le han preguntado sobre brujos y artificios… se toma su tiempo, alguien más podría escucharla, respira y casi arrepentida de lo que está por decir, comienza a narrar sobre esos acontecimientos que la han marcado. Lo sagrado y lo profano, todo entremezclado a la vez… ¿de cantos y rezos?, ¡claro que sabe también!, bien guardados los tiene, todos escritos a mano, en una antigua libreta que ha usado una y otra vez. Eulalia canta, canta al niño Dios y entonando la melodía, lo venera, lo abriga, lo arrulla… esos cantos desde siempre los ha escuchado, de su abuela y su madre, sus vecinas y amigas… ¿y su hija?, ella quisiera, si se lo pidieran sería rezadora también. ¡Eulalia, Eulalia! la llaman, la necesitan, Eulalia tiene un don, sabe regalar la paz al que está por morir, permitiéndole transitar al siguiente devenir. Entre embrujos y oraciones, se come, duerme, ríe y llora, en Chiloé, Eulalia y su ‘magía’ chilota: brujos, santos y mortales todos danzando al son del canto de una mujer.
La magía de Eulalia, viviente de Peldehue de la isla Quehui, es el delicado fruto del brutal encuentro entre la tradición wuilliche, original de la isla de Chiloé, y la tradición ibérica propia de la conquista española. Magía es la asimilación cultural de un pueblo que, permaneciendo por siglos en la oculta ruralidad insular, ha terminado por concebir su propio imaginario espiritual. Entre barcos fantasmas, viudas de luto, hombres danzantes y retorcidos invunches, transcurre la vida cotidiana de la mujer, la que además, se vincula fuertemente al vaivén de las fiestas religiosas y sociales propias del archipiélago de Chiloé.
Las formas de expresión de esta magía han sido alentadas, tal vez, por el singular modo de evangelización que primó desde las misiones jesuitas en Chiloé. El archipiélago y su cultura debieron convivir con otras formas de colonización, pues el modo de misión iniciado durante el siglo XVI y XVII, y que perdura hasta la actualidad, contempló dinámicas distintas a las observadas en otros territorios de la región. Las antiguas misiones circulares consideraron la visita anual y de corta estadía por parte de los misioneros jesuitas a cada localidad insular, y si bien, congregaron por un par de días a gran parte de la comunidad española, mestiza e indígena de cada lugar, para ponerse al día en sus asuntos religiosos, el hecho es que, durante el resto del año, las comunidades quedaban fuera de la tutela de los religiosos y por ende, libres de practicar una fe más propia y original. La ausencia eclesial empoderaría a la comunidad local, propiciando una compleja estructura transversal de mujeres y hombres que cumplirían distintas funciones espirituales entre la comunidad, de ahí que hasta hoy perdura la existencia de rezadoras, sanadoras, suplicadas y fiscales en la isla de Quehui y en el archipiélago de Chiloé.
Este nuevo espacio de poder temporal circunscrito al ámbito social, se constituyó como una oportunidad única de autogestión del patrimonio espiritual por parte de la comunidad y de las mujeres en particular; como un espacio más democrático, libre de asedio, que facilitaría la pervivencia de rasgos de un imaginario diferentes del occidental. La magía chilota de Eulalia, transmitida, principalmente, por mujeres, de generación en generación, se convierte en el testimonio vivo de un complejo y enriquecido sincretismo cultural, que se manifiesta entre la magia y la religiosidad, como una forma propia de vivir, pensar e imaginar. Esa magía única, femenina y sin igual, que transita en el tiempo, en una nueva forma de misión circular, por la ruralidad insular, es la que se quiere rescatar, interpretar y representar como el sistema de creencias más personal de cada mujer insular. Superposición, encuentro y transferencia de aquellos rasgos que son parte de un imaginario vivo y personal, todo plasmable en un soporte que transita y se transmite, de forma visual y material, como alma habitada, en su intimidad femenina y espiritual.