Cuando intento reconstruir la experiencia del vincularme por un corto periodo de tiempo con las mujeres que conocí en la isla de Quehui, recuerdos de distintas índoles comienzan a brotar. Desde verdes parajes intervenidos por la presencia humana, la cual desde la distancia es posible de percibir gracias a geometrías y dibujos que redibujan el territorio, hasta momentos compuestos de un sinnúmero de detalles, naturaleza e interiores cálidos, donde la buena conversación fue siempre la protagonista.
Es interesante ir en la búsqueda sobre cuándo fue que los caminos entre las mujeres que compusimos la residencia, incluyendo a las mujeres de la isla y a nosotras las artistas, se cruzaron y comenzaron a entretejerse. Cuando fue que, desde nuestros invisibles mundos privados, nos conectamos al mundo público (exterior) que contribuyó a re-conocernos y darnos la bienvenida, para luego volver a exponer nuestra intimidad y conectarnos.
Cuando me refiero a lo público, abrazo la idea de lo visible. De la obviedad de nuestras miradas y nuestros cuerpos vinculantes. Del baile que desempeñamos a veces consciente o inconscientemente cuando conocemos a alguien nuevo, donde desplegamos solo nuestros límites exteriores en virtud de intercambiarlos brevemente en un saludo cordial.
Pero esta exterioridad que describo en Quehui fue modelándose sin apuro, encontrando sutilmente el camino de retorno hacia esos territorios invisibles a los que solo se accede cuando se es invitada.
Y así la capa exterior era atravesada, para dar paso a lo privado. A una intimidad de lo conocido, lo dominado. Mi universo personal, mi creación propia. Mi historia. Donde habitan mis recuerdos, mi pasado y mi presente. Lo que nombro y cómo lo nombro desde nuestras formas femeninas de habitar nuestros territorios, nuestras vidas.
Los límites del cuerpo público, “lo que decido exponer sobre mí”, y lo privado, “cuando te invito a pasar y conectar con mis universos interiores”, es más bien poroso y se construye a un paso y a través de un orden único e irrepetible. Por eso su gran valor y atesoramiento. Al ser poroso, se aleja de lo rígido convirtiéndose en una película flexible, la que creo, se vuelve permeable cuando la voluntad de conectarse con otra persona aparece.
Y eso fue lo que sucedió entre algunas mujeres en Quehui, donde a través de historias, mitos y leyendas vivas nos expusimos las unas a las otras nuestras teorías personales sobre cómo nos explicamos el mundo. Experiencias que nos llevaron a navegar los límites porosos entre los diferentes acuerdos sociales y los que hemos construido individualmente y con la comunidad de la que somos parte.
De alguna manera, al decidir que nuestros instantes coincidiesen en un presente común, logramos que nuestros mundos privados se expandiesen ilimitadamente a través de historias narradas en primera persona, cual “contadoras”, cruzando los límites invisibles que a veces confinan nuestras alas y revelando así, fragmentos de mundos privados que a pesar de nuestras diferencias logramos por un instante conectar.
Hoy, la Isla de Quehui que pisamos por primera vez ya no es un territorio posible de identificar en un mapa, por el contrario, se aleja de esa convencionalidad, de esa métrica completamente. En nuestro imaginario colectivo ese instante de isla se conforma por los territorios de todas quienes intercambiamos atisbos de nuestros mundos invisibles, redibujando una isla de geografía única dotada de diversas característica tangibles, pero sobre todo intangibles, que evidencian la construcción colectiva de lo que fue nuestra residencia.